“Desde el precio de las lechugas hasta el consenso con los extraterrestres”

Opiniones personales y colectivas de miembras del 15-M en torno al propio movimiento. ARTÍCULO DE OPINIÓN. ARCO.

En dos Asambleas del 15-M Indignad@s San Telmo, en Las Palmas GC, así como en diversos encuentros y reuniones, se planteó a todas las presentes dos preguntas: porqué creían que estaba languideciendo el movimiento 15-M y qué esperaban de él. En total se recogieron casi un centenar de respuestas que, aunque estrictamente no son representativas del movimiento, sí tienen mucho interés como reflexiones internas. La variedad, y a menudo oposición de planteamientos…

el rango tan amplio de enfoques ante cualquier cuestión, la enorme complejidad que se desprende es tal, que parece imposible que este movimiento pueda acordar o construir algo colectivamente. Pero por otro lado, a pesar de la perplejidad que muchas veces transmite, más allá de su profunda pluralidad y diversidad, aunque no responda a ningún sesgo sociológico y se extienda más allá de fronteras e incluso civilizaciones, algo nos une a todas.

Tanto el 15-M, como incluso sus homólogos movimientos en otros lugares del mundo, están unificados por un profundo descontento político que, en todas partes y ante todos los regímenes, se corresponde y sintetiza en los sentimientos genéricos de indignación, ira o rabia, y que, superando la apatía y resignación de las últimas décadas, se están transformando en ruptura, iniciativa, rebelión y desagravio. El deseo de dignidad que nos une marca la nueva dirección en que queremos ir (ya no sólo sabemos lo que no queremos), y ésta, por cierto, es bastante diferente al actual rumbo al que se ha abocado a la humanidad.

Antes de entrar en el análisis de las respuestas que se dieron, es de destacar la enorme riqueza de actitudes y sentimientos que se traslucieron en el momento de responder. Posiblemente lo primeramente notorio, es que, de entrada, todas las personas teníamos las respuestas y soluciones clarísimas, y sólo una reconoció que tenía dudas… lo cual ya da mucho que reflexionar. También resultó significativo que, para alguna persona presente, la mejor manera de contestar fue declarar lo “contenta” que estaba, o quien lloró de gratitud por un sinfín de “problemas personales que he podido canalizar desde que se inició el 15-M”. Hubo quien manifestó que aún tenía una gran fe, y estaba “orgullosa ante el mundo de pertenecer al movimiento”, y quien declaraba que ya no esperaba nada. No faltó tampoco quien aprovechó la ocasión para verter críticas personales hacia el que tenía enfrente, convencido de que sin esa persona en concreto todo sería diferente… pero también quien, por el contrario, utilizó su turno para dar ánimo y gracias al conjunto de “las personas asistentes y, en general a todas las personas que han trabajado por el movimiento”. Otra persona opinó que había que dejarlo morir, y que posteriormente, de sus propias cenizas “resurgirá algo completamente nuevo y diferente, inimaginable actualmente”. Alguno incluso llegó al extremo de despreciar profundamente a las asistentes, comparándonos con “un coto religioso como el Opus”… en fin, también dijo que llevaba setenta años luchando y que aun así lo veía fácil: – “sólo tenéis que dejaros de papelitos y boberías porque ya no llegamos a nadie”-, se atrevió a aconsejar.

Además, y contra todo pronóstico, una interviniente cuestionó la idoneidad de la propia pregunta, enfatizando que “el movimiento es muy joven y aún está creciendo”, aunque el resto dio por sentado que, efectivamente, había caído en “descomposición” (todo ello, tengo que matizarlo, fue varias semanas antes del pasado 15 de octubre). Incluso se cuestionó el ámbito de extensión del mismo movimiento como tal, discrepando un par de asistentes de si podía considerarse mundial o no. Asimismo, se consideró también el nivel de incidencia que podría tener el 15-M, y se escuchó tanto a quien lo definió como “una utopía hecha realidad”, o para quien “somos el espejo donde se fija el mundo entero”, como, contrariamente, a quien creía que “no damos señales, no existimos, ya no se nos ve”.

Y claro, en consonancia con el debate de su incidencia, se escucharon varias declaraciones de todo tipo de esperanzas respecto a la fuerte necesidad de cambios y transformaciones del mundo en que vivimos. Desde quien expresó que esperaba “salvar el mundo”, hasta quienes exteriorizaron su deseo de que el movimiento promocionase “no hacer frente a los violentos, la justicia y el apoyo mutuo, la humanización del planeta y las personas”, pasando por quien entendían prioritario extender la cultura o la educación (las definió como “armas de construcción masiva”), o quienes apostaron por “llenar el mundo de amor verdadero”, o “diseñar una nueva sociedad”. Y no se dejó de escuchar, incluso, a quien expresó las imperiosas ganas de “acoger en nuestra lucha a todas las razas, todos los seres vivos, los animales y las plantas,… ¡y a los extraterrestres si los hubiese!”.

Bien claro quedó, por tanto, la enorme pluralidad de maneras de entender la misma pregunta: desde las personas que la vivieron como una oportunidad para expresar todo tipo de actitudes y sentimientos, hasta quienes respondieron relatando hechos íntimos o cuestionando los mismos fundamentos del movimiento.

Pero casi tan relevante como lo anterior es que, cuando la gente respondía a las preguntas concretas, en casi todos los temas que surgieron se manifestaron opiniones a menudo completamente opuestas. Y de nuevo es digna de destacar, en primer lugar, la gran diferencia entre quienes por un lado, señalaron como causas directas de la languidez del movimiento, aspectos procedentes de su entorno más inmediato, a quienes las entendieron en su sentido más global. Entre los primeros, se expresó que la causa fundamental era “la carencia de una gran megafonía con la que atrapar a la gente que ande de paso por la plaza”, o también que entre tales causas había que considerar la constante presencia de excluidos sociales (sin entender aún que, precisamente, una de las mayores grandezas de este movimiento, tanto política como moralmente, ha sido su enorme y abierto carácter inclusivo). Entre las segundas, se aludió al vínculo de nuestros problemas con los de otras luchas históricas (alguna coincidencia, y no por casualidad, quedó patente entre éstos y los que previamente habían dado las gracias al movimiento), o se apuntó a la influencia tan perversa de los valores tan negativos que dominan en la sociedad en que vivimos, tales como “el individualismo, el afán de protagonismo y notoriedad, e incluso los instintos de supervivencia”. Y no se dejaron sin denunciar “los duros o sibilinos, pero siempre cobardes ataques que continuamente recibe el movimiento”, las infamias que sufrimos, “la expansión por los grandes medios de comunicación de los aspectos negativos internos, como si la sociedad en que vivimos estuviese libre de culpa…”, los ataques mediáticos y policiales “orquestados para destruir el movimiento desde muchos frentes a la vez”, “la constante instrumentalización por parte de líderes políticos y sindicales, sean alternativos o no, y de numerosos periodistas, intelectuales y activistas sociales”. Interesante fue también la opinión de una persona que acusó la pérdida de impacto mediático, pero en temibles términos: “es como si el movimiento se hubiese pasado de moda”. Hubo otras muchas críticas que, aunque lanzadas como personales, se podrían incluir entre las críticas a las causas externas; por ejemplo, cuando se dijo que “carecemos de imaginación y creatividad”, no se dejaba de aludir a la sociedad en que vivimos y sus lamentables formas de educar.

Para conseguir todos estos objetivos, para materializar todas esas esperanzas, se hizo no menos énfasis en la necesidad de buscar soluciones, tales como implicar a la gente y sacarla a las calles, “movilizar a la ciudadanía en manifestaciones y luchar y luchar hasta llegar a la revolución social”, acabar con el sistema, “avivar la llamita inicial hasta llegar a un gran incendio”, “reflexionar y debatir acerca de las maneras de convocar” y “transmitir mediante actos creativos e imaginativos”, etc. La disparidad en las soluciones, tan variadas ellas, llegaba a extremos tales como que había que considerar que para muchos era más importante “la gente externa, y por tanto cuidar la imagen o hacer pedagogía, mediante charlas y talleres”, y para otros, contrariamente, no había que cuidar nada que tuviese que ver con la imagen ni pensar en la gente, sino “hacer lo que creamos y esperar a que la gente nos siga”.

Ahondando en cómo implementar tales soluciones, muchas asistentes destacaron que hacían falta más acciones. Usaban en común el término “acción”, pero lo entendían de muy diferentes maneras, pues se aludía tanto a acciones reivindicativas, tipo manifestaciones o acampadas y otro tipo de ocupaciones, como a “acciones directas”, “acciones exitosas”, acciones muy concretas como las relacionadas con la próxima campaña electoral, “acciones con las que poder salir del sistema” o “acciones arriesgadas por encima de la realidad”. Sin embargo, de nuevo en contrapartida, también se expresó que las causas fundamentales del declive actual hay que verlas en “la dispersión que ha provocado, precisamente, haber realizado tantas acciones sin haberlas planificado ni coordinado, y sin haberlas debatido ni consensuado previamente, sino que siempre estamos siguiendo convocatorias que se originan fuera”. Y no faltaron tampoco, como era de esperar en un movimiento tan creativo, quienes pensaron que sería necesario proponer más alternativas al actual sistema: “huertos urbanos y otras formas de consumir, retorno al trabajo local y comunitario, bancos de tiempo, cooperativas, ocupaciones…” y un largo etcétera de todo tipo de formas de auto-gestionar las necesidades básicas, personales y sociales.

Las causas externas se apuntaron en términos muy genéricos, aludiendo necesariamente a la complejidad de donde nacen, pero en cambio se abundó en pedir enormes cambios al mundo en el que vivimos, asumiendo, tal vez, más responsabilidad de la debida, pues, como una misma interviniente dijo, “no siempre somos capaces de responder, con coherencia y un mínimo de garantías de éxito, a la hora de materializarlas”. En general, se expresó demasiada confianza en poder hacerlo. Tanta que, sospechosamente, podía sonar a algo de frustración o cansancio, pero hubo alguna intervención que, no obstante, apuntó a la posibilidad de resolver este dilema simplemente “ponderando nuestros objetivos con nuestros recursos”, y denunció que “son muy altas las metas que nos proponemos, para la poca participación con que contamos”. Tal vez una síntesis que exprese los diferentes deseos y sensibilidades con respecto al mundo que habitamos o cómo lo abordamos pueda ser la idea de “analizar qué es, exactamente, la indignación, y buscar la manera de mantener el sentimiento de indignación mundial”.

En línea con todos estos debates previos, siguiendo con la descripción de la ingente cantidad de temas tratados, también se intervino abundantemente para expresar la necesidad de definirse ideológicamente, concretar un proyecto político o construir algo nuevo. Se habló sobre el eterno dilema entre reforma o revolución, sobre si utilizar las herramientas del sistema o sólo otras herramientas como la desobediencia civil, o sintetizar ambas como novedosa forma de conquistar el poder: “patrocinar el proyecto colectivo, sin defender por tanto todo aquello que de antemano pueda dividir”. Pero, a su vez, apareció de nuevo la opinión de quien invalidaba tal unificación, por entender quees sólo una nueva manera de decir que se van a cambiar las cosas y en realidad permitir que se siga haciendo lo mismo”. No faltaron propuestas en torno a si la revolución podría seguir siendo tal “si sigue siendo tan ortodoxa como se defiende a menudo en los círculos políticos de izquierda”, o si, como se apunta desde otras corrientes sociales y de pensamiento más jóvenes, “se ha de nutrir necesariamente de propuestas novedosas o diferentes, como pueden ser el indigenismo o el decrecimiento, o corrientes como el feminismo, la ecología radical, y el taoísmo.” En esta línea se remarcó la necesidad de resolver los problemas personales para cambiar los sociales, y viceversa, cambiar los sociales para transformar a las personas, enfatizándose que “el desequilibrio entre ambos nunca conduciría a un resultado ampliamente satisfactorio”.

Hubo quienes echaron de menos “metas concretas, objetivos claros, definir objetivos pequeños cotidianos, en el ámbito local”, y quienes opinaron que “el gran problema es que caemos en el cortoplacismo, que no tenemos herramientas para construir al largo, que carecemos de sentido de la estrategia”. Y de nuevo en un intento de sintetizar propuestas anteriores y diversas, se defendió, como factor prioritario, “elaborar una estrategia que especifique objetivos, herramientas y calendario de acciones, y desarrolle constantemente las cuatro líneas básicas que definen al movimiento: la formación de la ciudadanía, las acciones reivindicativas, las propuestas alternativas y la toma de decisiones en Asamblea”.

Al respecto de lo anterior, tampoco faltaron algunas críticas hacia la propia Asamblea, pues hubo quienes se quejaron de que les resultaban “aburridas, pues no permiten identificarse”, y pidieron que fuesen “más flexibles y lúdicas”, quienes las asociaban a una especie de nueva tribu urbana o quienes cuestionaban su operatividad y proponían cambios estructurales. Y, contrariamente a todas las opiniones anteriores, también se expresaron quienes defendieron a uñas y dientes, precisamente la Asamblea y el consenso, viendo en ellas “la solución a todos los problemas, fundamentalmente por su carácter inclusivo y horizontal”, y proponiendo “potenciar el movimiento asambleario en las calles y plazas, extenderlo por todo el planeta y llevarlo a sus máximas consecuencias”.

En general, por tanto, para todos los aspectos expuestos, siempre había opiniones de lo más amplias y diversas, y frecuentemente antagónicas. A excepción, curiosamente, de dos aspectos enormemente relevantes, y en los cuales, precisamente, se concentraron y coincidieron la mayoría de las opiniones expresadas: los relativos a las actitudes y relaciones personales.

El primero fue el exceso de actitudes internas de carácter personal y sentido negativo. Con una fuerte capacidad autocrítica y mucho énfasis, se destacó mayoritariamente, como la causa fundamental de la languidez del movimiento, “el exceso de discusiones internas”, “los conflictos intestinos”, “las animadversiones”, “el afán de destacar y ser protagonista”, “las tendencias al liderazgo y el individualismo”, “la egolatría y los personalismos” y hasta “el uso de la Asamblea para solucionar problemas personales”.

Mucho énfasis se hizo en “intentar destapar la ansiedad latente, la compulsividad” e, incluso, “la necesidad de satisfacción y resarcimiento por el pasado vivido”. Hubo quien ahondó en la problemática desde una perspectiva de la comunicación, aludiendo al desconocimiento y dificultades para escuchar a las demás, quien compartió “la necesidad de analizar las propias ganas de cambio como impedimento del propio cambio que deseamos fervientemente”, o para quien lo importante era “analizar cómo nuestras cabezas comparten progresivamente los valores del sistema, a diferencia de otras luchas anteriores en las que el poder estaba claramente identificado y su posición y la nuestra claramente enfrentadas”.

Asimismo, se coincidió a menudo en la posibilidad de reflexionar sobre muchas de nuestras actitudes personales como “la tendencia, imitando a menudo a los poderes mediáticos y su publicidad, a pensar que nuestra idea es la mejor posible, y cómo a partir de entonces la vivimos como la solución única o la mejor, y cómo nos hartamos de repetirla intentando convencer.” Se abundó, sin duda, en “la carencia de herramientas apropiadas y experiencia suficiente para este nuevo tipo de relación humana, social y política que es la Asamblea.”

Y claro, en profunda coherencia con el punto anterior, sobre las causas personales, fue también abrumadora la coincidencia, la casi total unanimidad, podría decirse, a la hora de apuntar las posibles soluciones.

En cuanto a aspectos comunicativos y de relación, se habló de “aprender y desarrollar técnicas de comunicación como la escucha activa”, o “decir todo, sí, pero sin atacar a las personas, centrándose sólo en las actitudes”, y, en general, no confrontarnos, evitar polémicas y violencia internas, compartir más, convivir, unirnos y conocernos mejor, buscando más cohesión.

Se nombraron aspectos más relativos a las motivaciones, como “desarrollar la introspección y la coherencia personal, aunque supone cambiar de forma de vida”, o la necesidad de “tomar conciencia de que el enemigo no es el neoliberalismo, sino que lo llevamos dentro” y, en general, tener paciencia y “no desmovilizarnos, pues todo lleva un proceso”, o “ volver al espíritu de mayo”, además de superar prejuicios, acabar con el orgullo, dejar de ser egoístas y un largo etcétera.

También se comentaron cuestiones más relacionadas con la toma de conciencia, como la necesidad de pensar en lo global, “cosechar por encima de ideologías y diferencias personales”, “procurando que confluyan los problemas personales y los colectivos”, “fomentar el pensamiento crítico, la información propia, la reflexión”, y “focalizar al enemigo para buscar lo común, lo que nos une, y poder converger en lo importante.”

Por último, no faltaron todas las soluciones relacionadas con la forma de tomar las decisiones colectivas, y en general la forma de organizarnos políticamente, para superar todos esos problemas de carácter más personal. Desde fomentar la igualdad de condiciones en la participación, aprender a organizarnos, o “trabajar conjuntamente en la Asamblea, ahondando en la toma de decisiones desde la más absoluta horizontalidad y partiendo de principios éticos”, hasta “aprender a colaborar y a llegar a acuerdos, desarrollando eso que hemos dado en llamar la inteligencia colectiva: planteamiento de debates para enriquecer las ideas, escucha comprensiva de las ideas de las demás, elaboración de propuestas incluyentes y acuerdos de consenso para no excluir a nadie y que todas las opiniones se vean reflejadas”. Para ello, y “pensando en el futuro”, se propuso “elaborar un proyecto común, fomentar la organización interna, y ahondar en los procesos de formación relacionados con la práctica asamblearia.”

La coincidencia total, por tanto, y haciendo una síntesis muy global, pues todas las causas y soluciones están íntimamente relacionadas, vendría, como comentaba una persona, en este sentido: “las personas ganaríamos mucho si no tuviésemos tanto ego y buscásemos nuevos valores y formas de relacionarnos, organizarnos y tomar decisiones”.

En fin, el 15-M, no hay ninguna duda, no es sino un fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos, pero tal vez con la significativa diferencia de que queremos transformarla profundamente hasta alcanzar un sistema y una forma de convivir que no suponga seguir reproduciendo todos los males y problemas que actualmente padecemos. Queremos cambiar radicalmente el planeta, y para ello hemos puesto en marcha, espontánea pero colectivamente, un sistema de toma de decisiones absolutamente equitativo y horizontal como es el proceso asambleario, donde todas las voces y votos tienen el mismo valor.

Como decía una joven agricultora, “algún día tendremos que decidir, en una Asamblea local, cuál ha de ser el precio de las lechugas”; y, como decía otro asistente, “ paralelamente, en otra Asamblea mundial, en la que participen sin excepción todas las personas del planeta, habremos de gestionar todos los grandes problemas de la humanidad, como son el cambio climático, el imperialismo o la desigualdad”.

Importantes y gravísimos problemas, pero que, como otros muchos, existen solamente porque benefician nada más que a unas poderosas, pero reducidas, élites del mundo. Problemas, por tanto, que nunca se darían si todas las necesidades y posibilidades de los seres humanos se abordasen desde perspectivas de horizontalidad y búsqueda de consenso entre todas las personas que habitamos el planeta (independientemente, claro está, de si hemos nacido, o no, en él).
Firmado: Arco

Un comentario para ““Desde el precio de las lechugas hasta el consenso con los extraterrestres””

  • Luis Bodoque Gómez:

    Sería interesantísimo que se le preguntara no a los miembros más o menos activos sino a la gente que sin asistir a las asambleas simpatiza con el movimiento… Es decir… Preguntarle a la ciudadanía… ¿Qué esperan del 15M?…. ¿Qué es lo que le están pidiendo que haga?… Abrazos.

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